Conferencia de Philippe Meirieu en UEPC*

“El derecho a la formación continua de los docentes es clave”

Philippe Meirieu, especialista en Pedagogía, brindó una conferencia donde abordó el vínculo entre educación y política, en la sede del Instituto de Capacitación e Investigación de UEPC. En el evento participaron más de 400 docentes y fue transmitido vía streaming por redes sociales para que más compañeras y compañeros pudieran seguirlo en vivo y en directo. El académico galo fue además reconocido como Afiliado Honorario de UEPC.
La visita a la Argentina de este reconocido intelectual fue posible gracias a la Universidad Pedagógica Nacional (UNIPE) dentro de la cual, desde el gremio, agradecemos especialmente a Alejandra Birgin. En su paso por Córdoba, Meirieu se presentó, además, en el Instituto Superior de Estudios Pedagógicos.

Las relaciones entre los pedagogos y la política nunca fueron simples. El primer ejemplo es Sócrates, asesinado por quienes defendían la democracia ateniense porque sospechaban que corrompía a la juventud. En realidad, lo que trataba de posibilitar es que cada joven comprendiera lo que hacía, pensara por sí mismo lo que tenía que decidir y no se sometiera a los ricos y poderosos. Sócrates expresaba cuestionamientos frente a los políticos, quienes pretendían tener todas las respuestas y prohibir las preguntas. Los pedagogos y los educadores son personas que plantean preguntas, ayudan a otros a hacérselas, interrogantes que muchas veces molestan, como los que Sócrates hacía a los políticos: “¿Por qué ustedes afirman cosas tan interesantes y no las ponen en práctica?”. Muy a menudo en política se superpone un discurso general y generoso, con el cual todo el mundo está de acuerdo: “Es necesario que el alumno crezca, se desarrolle, aprenda, sea feliz”, nadie diría lo contrario. Pero después, hay que implementar eso y cumplirlo en lo concreto. Muchas veces la política se ocupa de declarar de ese modo y, a la vez, recortar el presupuesto educativo. Podemos continuar en la línea de Sócrates planteando preguntas que molesten, que no siempre son fáciles para las políticas, pero que son fundamentales para construir una sociedad más humana y democrática. En todos los regímenes teocráticos o totalitarios los pedagogos tienen problemas, porque invitan a otros a pensar por sí mismos, a reflexionar sobre su futuro y a no contentarse u obedecer a un gobierno del presente.

Cuando tenemos que definir la pedagogía podemos hacerlo a través de dos polos: lo que vale la pena ser enseñado es lo que libera y lo que une. Por un lado, lo que libera al mundo de sus prejuicios, de todo aquello que lo encierra en su historia, en su fatalidad, lo que libra al niño de quienes quieren decidir sobre su futuro. Pero para la educación lo que libera también es lo que une, es lo que permite a todos los estudiantes sentirse solidarios, sentir que pertenecen a una colectividad que pueden construir conjuntamente. En algunas sociedades se enseña solamente lo que une, esas son dictatoriales. En otras, las liberales, se enseñan lo que libera y no lo que une, entonces son sociedades individualistas. El pedagogo debe enseñar lo que libera y también lo que une, es decir aquello que permite a seres libres agruparse en colectivos democráticos y eso es fundamental, es el sustento mismo que posibilita a la pedagogía ser una esperanza para la política, la democracia y el mundo del mañana.

Pero cuando miramos la situación educativa internacional estamos un poco preocupados. Porque en forma simultánea a algunas sociedades dictatoriales o liberales, vemos emerger un nuevo tipo de políticas educativas globales, que se apoya exclusivamente en comparaciones internacionales para tomar decisiones, en resultados de evaluaciones cifradas que no contemplan aquello que no es cuantificable, que no evalúan nunca la formación en ciudadanía, algo que es esencial en educación. Las pruebas PISA nos muestran que podemos obtener excelentes resultados con proyectos de sociedades radicalmente diferentes. Los dos países que están hoy a la cabeza de esa clasificación son Corea del Sur y Finlandia. Pero no tienen para nada el mismo sistema escolar. El de Corea del Sur es uno en el que los niños están entrenados para pasar pruebas todo el tiempo, de competencia permanente, en el que la escuela transcurre junto con cursos que son pagados por los padres, un sistema en donde cada alumno está contra el otro y no con los otros. El de Finlandia, por el contrario, está fundado en la solidaridad, en la ayuda entre los estudiantes -incluso de diferentes edades-, en un trabajo colaborativo entre los docentes y donde los alumnos no están preparados de manera forzada para los textos estandarizados. Eso nos da una esperanza, nos muestra algo que le tenemos que decir a los políticos y es que si queremos buenos resultados escolares no hay una sola forma de obtenerlos. Tenemos que elegir nuestro proyecto de sociedad y, cuando lo hagamos, cuando pensemos privilegiar la solidaridad más que la competencia, no vamos necesariamente a retroceder en nuestra clasificación internacional, sino simplemente a cambiar la perspectiva en la que nuestros estudiantes se educan: no van a aprender más contra los otros para convertirse en mejores que ellos, sino que van a aprender con los otros para volverse mejor que ellos mismos.

La educación libera y une a la vez y siempre a partir de estos dos verbos tenemos que pensar una formación de los docentes y no solo desde los test estandarizados. PISA mide solo lo que es medible (y elige medir), pero hay muchas cosas que en educación no lo son. El culto de las cifras es algo que nos hace mal. Considero que hay que “des-cifrar” la educación. Ellas son buenas para algunas áreas, pero no puedo poner cifras sobre la libertad, la democracia, o la capacidad de hacer un debate con otros para superar la violencia. Tenemos que reivindicar una educación que no sea totalmente dominada por las cifras, sino por las finalidades y los objetivos educativos que nos demos en conjunto.

Todo esto no quiere decir que no queramos ser evaluados. Aceptamos serlo, pero deseamos evaluarnos sobre cosas que nosotros reivindicamos y compartimos. Entonces, queremos ser asociados a las herramientas de evaluación y a su confección. Buscamos que se evalúe en un establecimiento no solamente el resultado PISA, sino también si hay proyectos culturales, si tramitamos la violencia, si tenemos más ayuda mutua entre los alumnos; necesitamos que esos indicadores estén presentes en una evaluación.

El lugar de la ciencia en la práctica educativa

Advierto que está llegando a nuestros países una política que decidiría en lugar de los docentes, que validaría científicamente aquellas buenas prácticas que los maestros solo tendrían que implementar. Y advierto también una proletarización de los maestros. ¿A qué me refiero con “proletarización”? Marx nunca dijo que los obreros eran proletarios, sino que habían sido proletarizados por la máquina, es decir que en algún momento fueron puestos al servicio de la máquina. Mi temor actual es que los docentes sean proletarizados, es decir puestos al servicio de una tecnocracia que les imponga utilizar métodos que no inventaron, para los cuales no tuvieron una formación necesaria, que son considerados milagrosos porque se los probó en Singapur o en otro lado, y a partir de ahí, que los maestros sean reducidos a mano de obra, a obedecer una tecnocracia educativa internacional que va a decidir su lugar y el de todos los ciudadanos que la escuela tiene que formar.

Allí hay un verdadero peligro, que está relacionado con la ilusión de que habría una pedagogía científica. Debo decir, y lo hago también delante de mis colegas universitarios, que considero que la investigación debe ser científica, pero que la práctica no puede ni debe serlo. En educación, la práctica no puede ser científica porque estamos ante una transacción humana, es una acción de un hombre sobre otros, de un ser humano que lleva en él una intención, un proyecto de emancipación, y esa transacción no puede reducirse a una suma de comportamientos que serían dictados por métodos científicamente probados. Ustedes tienen que ejercer cotidianamente su juicio, decidir todo el tiempo sobre lo que es necesario para sus alumnos, y no podemos resolver en su lugar porque no hay dos estudiantes que se parezcan, no hay dos aulas similares, y frente a un mismo curso no hay solamente un docente que pueda ejercer su juicio de forma lúcida. Una práctica educativa que fuera científica sería una práctica de la dominación que no suscitaría la libertad, pero que organizaría condicionamientos -es decir, conductista-, que fabricaría robots y que no formaría seres humanos. Entonces, estamos ante un peligro: el de una política globalizada que busca hacer de la escuela una máquina para contestar test; para comparar los alumnos y los profesores; para cotejar las escuelas, los países y los continentes. Frente a esto ustedes pueden resistir -y ya lo están haciendo-, todos podemos resistir. Tenemos una misión, que es la de preparar el futuro, y no la de formatear humanos para que entren en una sociedad de la competencia, en donde la solidaridad no esté en el orden del día.

Soy un investigador y me reivindico de esa manera. Considero que la educación necesita de la investigación científica en psicología, sociología, didáctica, neurociencias, en todas las áreas, pero los datos científicos no nos dicen qué tipo de hombre y de sociedad queremos promover. Son elementos que nos informan sobre los medios que podemos utilizar y no sobre el norte hacia el cual vamos. Ese objetivo no es científico, la ciencia no nos brinda ninguno, solo nos da medios que tenemos que poner al servicio de un horizonte y una idea. La ciencia se escribe en indicativo y no en imperativo, nos dice lo que hay y no lo que debe ser, nos dice cómo suceden las cosas, pero no hacia qué horizonte tenemos que ir.

En el mismo sentido aclaro que siempre busqué relacionar a los investigadores y los universitarios con los docentes, para que puedan intercambiar experiencias. No para que el experto dicte al maestro su comportamiento, sino para que lo ayude a ver con mayor claridad algunas cosas. El combate sindical y político debe ser muy fuerte en este punto relativo a la formación continua: el derecho a la formación continua de los docentes es esencial.

Las aulas como territorios de esperanza

Los docentes suelen estar un poco desamparados, y tienen la impresión de nadar a contracorriente en relación a la sociedad: la sensación de que se les solicita ceder a los caprichos de los niños mientras ellos tienen que pedirles que reflexionen; que lo importante es el confort de los adultos sobre la exigencia y el deber de la educación; la sensación de que en la sociedad el niño es importante como consumidor, como practicante de nuevas tecnologías de las que se va a convertir en esclavo; la impresión que están solos frente a una especie de máquina social que querría transformar a los alumnos en individuos que estén peleándose unos con otros, que no se ayudan mutuamente. Entiendo, entonces, que los maestros tengan a veces un sentimiento de abandono. Decimos en Francia que por momentos parece que tuvieran la obligación de vaciar el océano con una cucharita, algo lógicamente difícil. A veces podemos pensar que no lo vamos a lograr, pero en materia de educación nunca tenemos derecho a desesperanzarnos, porque los chicos están ahí para llamarnos, para que volvamos a levantar la cabeza, para decirnos que somos quienes preparamos su futuro, que es su futuro lo que cuenta y no la dictadura del presente.

Mi propuesta es que la escuela tenga una función termostática en la sociedad. Como ya sabemos, un termostato toma la temperatura y, cuando hace mucho frío, activa la calefacción y cuando hace calor, pone en marcha el aire acondicionado. La escuela debe servir en el mismo sentido: en una sociedad individualista debe crear lo colectivo; donde prime la inmediatez, debe permitir la emergencia del pensamiento; en una sociedad de la competencia debe ser la que construya la solidaridad; cuando sospechemos del otro, debe promover la ayuda mutua entre los alumnos. La escuela tiene ese poder social de restablecer los equilibrios y es una posibilidad importante la que los docentes tienen en sus aulas: poder hacerles atravesar a sus alumnos la experiencia de una sociedad solidaria, de un aprendizaje colectivo, de un proyecto en común. Hacerlos vivir la experiencia contraria a lo que pasa en la sociedad. Y cuando estos alumnos salgan del aula, cuando hayan hecho esas experiencias, se van a convertir en otros ciudadanos, van a reclamar y exigir una verdadera democracia, pedir que no sean las finanzas las que manejen el mundo, sino la cultura. Tenemos el poder de ese descubrimiento fabuloso: hacerlos entrever que otro mundo es posible. Cuando ellos entiendan esto, podemos dejarles el mundo, esperando que lo vuelvan mejor.

Con un niño nunca vemos las consecuencias de lo que pasa, y esto puede ser un poco decepcionante. Porque en la televisión podemos ver a uno que comete un acto de violencia, pero no nos van a mostrar a otro que -gracias a sus docentes- no lo cometió, que gracias a sus maestros se comprometió a ayudar a otros. Eso existe, y tenemos que luchar para hacerlo visible, que se conozca. Al final de uno de sus libros el gran novelista italiano Ítalo Calvino escribió que vivimos en un infierno, pero que hay dos maneras de hacerlo. La primera es acomodándose y cerrando los ojos. La segunda es identificar en el propio infierno los lugares en donde hay otra cosa, algo diferente de la competencia, el individualismo y la violencia, y hacer perdurar esos lugares de tal forma que se conviertan en territorios de esperanza. Es bueno imaginar que cada una de sus aulas sea un territorio de esperanza, un lugar donde el infierno retrocede. •

Afiliado honorario
La Unión de Educadores de la Provincia de Córdoba distinguió a Philippe Meirieu como “Afiliado honorario”, en reconocimiento a su trayectoria y sus aportes a la defensa de la escuela pública. Su ficha y carnet llevan el Nº 001, por tratarse del primer afiliado honorario y se suma de esta manera a los más de 42.000 compañeros y compañeras que integran la organización. Esta iniciativa de UEPC destaca, entre los méritos del académico francés, su “valoración del trabajo de enseñar y sus propuestas para fortalecer el derecho de aprender como modo de avanzar en la construcción de una sociedad menos desigual y más inclusiva”.

*El texto es un extracto de la conferencia, la versión completa audiovisual puede consultarse en el siguiente enlace: https://youtu.be/6kB2KabuFKU

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