Un desafío docente es transformar nuestras estrategias –que muchas veces emprendemos de manera personal y aislada, como si estuviésemos en una isla– en experiencias colectivas, que nos permitan construir una comunidad pedagógica. Y para ello es necesario propiciar redes que no solo sean sostenidas por maestras y maestros, sino también por equipos directivos de las escuelas. De esa manera, cobran más fuerza y el cuidado pedagógico –que muchas veces impulsamos en soledad– se transforma en un acto institucional.
Las articulaciones con espacios externos a la escuela resultan también acciones positivas que fortalecen ese cuidado: con otros centros educativos, con dispensarios, con instituciones culturales. Cuando acontecen, posibilitan que el aprendizaje atraviese de otra manera a las y los estudiantes y permiten, por un lado, que salgan de sus espacios de encierro y, por el otro, que participen activamente en sus instancias de aprendizaje.
En el marco de esa perspectiva de cuidados, nuestro trabajo docente se mantendrá como un acto de resistencia en la medida en que no olvidemos que estamos estableciendo vínculos con lo humano. Y eso lo podemos observar en la felicidad de las y los estudiantes cuando aprenden y participan en diversos espacios y experiencias institucionales, donde el disfrute por el aprendizaje se transforma en una expresión colectiva, tanto de estudiantes como de docentes.
Por último, quiero destacar que la legitimidad que caracteriza a la escuela en tanto espacio de aprendizaje y cultura, aunque golpeada por muchos discursos sociales en torno a ella, no deja de ser defendida por las y los jóvenes, y eso es algo maravilloso que no debemos olvidar en medio de este caos. Somos las y los docentes junto a equipos directivos quienes, pese a todos los obstáculos, continuamos defendiendo que, en la escuela y con las y los estudiantes, podemos marcar una diferencia.


