Imaginarnos la escuela del futuro implica subrayar algunos aspectos centrales en los que debería asentarse. En primer lugar, recuperar algunas de sus promesas originales, vinculadas a la igualación y a las posibilidades de ascenso social. La escuela debería, por lo menos, cumplir la promesa que hizo el sistema educativo argentino en el siglo XIX.
También considero necesario no trabajar tanto “por” el interés de las y los estudiantes, sino “para” generar interés. Si trabajamos solo con sus predilecciones, no les estamos ofreciendo el mundo. Podemos partir de ellas, pero en algún momento tenemos que abrir otras ventanas; de lo contrario, les estamos cercenando la cultura.
La escuela del futuro también tiene que propiciar los paréntesis y las pausas. Con el propósito de ir detrás de lo contemporáneo, perdimos el espíritu de la escuela, y recuperarlo es fundamental. En el afán de mezclarla con la sociedad, la escuela terminó siendo casi lo mismo: aquello que pasa afuera, también pasa adentro. Por dejar atrás una escuela absolutamente aséptica –que obviamente no era recomendable–, la terminamos mezclando con la calle. Y en realidad la escuela tiene que ser permeable, ser una ventana al mundo, pero en algún momento también tiene que estar aislada del mundo, tener la posibilidad de hacer un paréntesis. El guardapolvo blanco era una metáfora de esa suspensión: durante un tiempo y un espacio, éramos iguales. Por supuesto que eso no implicaba un borramiento, sino una suspensión. En ese afán de la individualidad y la heterogeneidad, perdimos lo colectivo y los valores que nos unen.
Por último, creo que, como docentes, siempre tenemos que preguntarnos –cada día que estamos en el aula– si lo que tenemos para decir tiene sentido, si nuestras alumnas y nuestros alumnos van a escuchar algo diferente a lo que le ofrece el entorno. El valor de nuestra propuesta radica en el camino que les ofrecemos –por supuesto, en el marco de un currículum–, porque el conocimiento puede encontrarse en muchos lados, pero nuestra propuesta –el qué y cómo enseñamos– puede ser única. En esa labor de curaduría no hay computadora ni tecnología que nos venza o nos reemplace.
(*) Docente de Nivel Superior en la Escuela Superior de Bellas Artes y en el Colegio Superior San Martín, ambas instituciones de San Francisco, departamento San Justo. Delegada escolar de la Escuela Superior de Bellas Artes. Tutora en el curso de Gestión Educativa de UEPC.
educar en Córdoba | N° 43 | Octubre 2025 | Año XXIV | ISSN 2346-9439
Columna: Por una escuela que propicie los paréntesis y las pausas



