Talleres itinerantes en escuelas rurales de sierras

Si la montaña no va a Mahoma…

Si la montaña no va a Mahoma…

Un colectivo de educación popular visita con sus talleres artísticos y culturales las escuelas rurales de más difícil acceso. La propuesta se basa en el encuentro y el intercambio de saberes, que confluyen en producciones colectivas que viajan de una escuela a otra, construyendo un vínculo de comunicación e identidad que desafía distancias y soledades.

En muchas escuelas rurales de montaña, el difícil acceso impide que las propuestas artísticas y culturales lleguen a sus aulas, y lo mismo ocurre con las posibilidades de salir con los alumnos a cualquier evento: una feria de ciencias, un festejo del día del niño, una obra de teatro, una salida al cine. “Cuando uno trabaja en estos lugares, está muy solo”, explica Matías Flores, maestro y estudiante de Filosofía. Y aclara que dicha soledad no refiere solamente a políticas culturales o educativo-recreativas, sino a cuestiones tan elementales como compartir con otros colegas el trabajo cotidiano, a la posibilidad de intercambiar miradas para profundizar o reformular los planteos pedagógicos, a la oportunidad de recibir un aporte, una crítica.

Matías cuenta que entre 2006 y 2010, fue Director de tercera categoría PU (Personal Único) en una escuela rural de la zona de San Roque, en Calamuchita norte, al pie de la Sierra Grande. De allí conoce las características, dificultades y desafíos de la educación en estos contextos, señalando esta condición de aislamiento que sufren en la práctica, la traba principal de estas escuelas. “La idea fue que si no se puede sacar a los chicos de las escuelas para que se junten, entonces fuéramos con nuestras cosas a las escuelas para hacer talleres. Y que lo producido en estas jornadas de encuentro pudiera ser material de intercambio para que estos estudiantes sepan que hay otras realidades como la de ellos, que no están solos, que no son los únicos”.

Ese es el planteo y la propuesta fundante de Cuartos de Comunicación, el proyecto que lleva adelante “El Arriero”, un colectivo de educación popular integrado por estudiantes de Filosofía que -según palabras de Matías- continúa en la “búsqueda y redefinición de lo que sería esa educación popular”.

Las jornadas de trabajo con las escuelas promueven un cruce de saberes. En el proyecto, cada encuentro contaba con dos partes: por un lado, la propuesta de formación o experimentación que llega de la mano de los talleristas; y por el otro, lo que ponen en juego de sí mismos los alumnos. Este segundo aspecto tiene que ver con la posibilidad de visibilizar conocimientos propios, particulares y específicos que muchas veces, en la naturalización de la vida cotidiana, pasan desapercibidos o son subvaluados. Ahí también, en la recuperación y puesta en valor de lo propio y en la horizontalidad de ese encuentro, los integrantes de “El Arriero” encuentran un acercamiento a la idea de educación popular.

Aunque, claro está, en el desarrollo de cada jornada, este cruce de saberes fluye de tal modo que sobra cualquier señalamiento explícito del tipo: “Miren cuánto que sabían sin saber que lo sabían”. Más bien se van incorporando en la alegría de poner manos a la obra y alcanza su máxima expresión cuando ese hacer es parte de un modo de comunicación con otros. Así, cada cosa producida: los mates del taller de pirograbado, almohadones y alfombra del taller de costura, los cuadros y dibujos del taller de plástica, llevan en sí mismos partes del paisaje y los objetos más significativos para los chicos de cada escuela. Historias, secretos y miradas del mundo que viajan de un rincón metido en la montaña a otro lugarcito escondido que los espera con ansias. “Que cada persona se dé cuenta que tiene algo para brindar y que ese algo vale mucho”, subraya Matías. “Nosotros somos mediadores y de ahí viene un poco el nombre de este colectivo: el arriero es el que lleva y trae cosas valiosas que no le pertenecen”.

Pensar con lo propio

La propuesta de Cuartos de Comunicación es trabajar desde los saberes locales, la posibilidad de pensar, interpretar y proyectar el mundo desde el lugar propio. Poniendo en juego y en valor conocimientos de la vida cotidiana. Pero, ¿cómo se articula efectivamente este cruce? En el taller de Plástica y costura que coordina Alma Ramírez -integrante del colectivo “El Arriero”-, los alumnos realizaron pintura sobre telas que luego se convirtieron, máquina de coser mediante, en almohadones para la institución. En esta ocasión, los alumnos fueron creando una alfombra- mapa con la ubicación de su escuela y el paisaje autóctono que la rodea. Cada una de estas producciones colectivas contienen y proyectan muchos y variados conocimientos. “Haciendo el mapa de la zona y de cómo llegar a la escuela aprendimos qué parajes hay, dónde están, cómo cruzar la salina, por dónde no cruzar, qué cosas hay que tener en cuenta, qué hay que hacer cuando las nubes están demasiado bajas”, explica Matías. “Un montón de cosas vitales en la cotidianeidad de los chicos”.

Pilar Sosa, maestra de la Escuela J. P. Pringles, de Rodeo de los Caballos, en la Sierra de los Comechingones del Departamento Calamuchita, una de las instituciones que participa del proyecto, plantea que esta modalidad de taller se complementa con su tarea docente cotidiana. “Siempre trabajamos a partir de lo vivencial y de los recursos propios, lo que tenemos a disposición. Pero no como una cuestión conformista, sino como una forma de valerse de lo propio”, señala Pilar. Y destaca que el aporte principal de Cuartos de Comunicación tiene que ver con “la riqueza de las vivencias compartidas y la posibilidad de estar en contacto con otras realidades similares aunque sean lejanas en kilómetros de distancia”.

Entre los diferentes testimonios que refieren a la experiencia, la idea de encuentro, ya sea en la visita periódica del colectivo o en la posibilidad de hacer cosas para mostrar a otros, adquiere un lugar central. “Los chicos esperan la visita del grupo con mucha expectativa, porque disfrutan de cada jornada y valoran el trabajo propio que realizan. Cuando llega cualquier persona de visita a la escuela, lo primero que hacen es correr a mostrar lo que han trabajado, porque se sienten orgullosos de lo que hicieron”, explica Gabriela Carranza, docente y directora de la escuela Hipólito Yrigoyen, del paraje Río de la Cruz Oeste. “Además, como la propuesta cruza lo pedagógico con lo didáctico y el juego, se crean vínculos muy fuertes y al final de la jornada es muy curioso ver cómo los alumnos proponen actividades y juegos para tratar de que no se vayan”.

Decir presentes

El objetivo motor del proyecto es llegar a escuelas cuya dificultad de acceso les impide una participación fluida con actividades desarrolladas en otros espacios. En el año y medio que lleva de andar “El Arriero”, ha trabajado en Córdoba con dos escuelas rurales del Departamento Calamuchita y una del Departamento Pocho; dos escuelas de San Juan; una de La Rioja y una de Catamarca. Desde este colectivo de educación popular piensan en su intervención como la respuesta a una necesidad que no está cubierta. “No hacemos caridad, ni filantropía, ni asistencialismo. Vamos a compartir un conocimiento y aprendemos mucho más en cada lugar”. El nombre del proyecto marca su impronta, la de proponerse como vínculo y medio de comunicación entre las escuelas rurales, con la honestidad y la ironía jocosa de aportar su granito de arena. “Y como no llegábamos a ser un Medio, le pusimos Cuartos de Comunicación”, sonríe Matías.

Hacia el cierre del año, estarán trabajando con , individuales y colectivas. Cada niño busca, selecciona y/o produce (pinta, modela, construye) objetos significativos de su vida, desde donde contar quién es, qué hace, qué cosas le gustan. Los relatos son libres y las técnicas múltiples, porque allí confluyen el abanico de talleres realizados.

En la creación grupal de la Caja de presentación que representa a cada institución, aparecen muchas más cosas, porque se pone en juego una mirada colectiva que va construyendo la identidad (propia, única) y el sentido de pertenencia de los chicos con su escuela y su lugar. Estas cajas finalmente se van a integrar en un gran mapa que vincula y ubica a todas las escuelas participantes del proyecto. Una postal donde se plasman similitudes, diferencias y particularidades. Distancias y cercanías.

“Este mapa va a recorrer las escuelas, pero también estamos pensando en convertirlo en una gran instalación que pueda habitar plazas, ferias y espacios escolares de las ciudades para visibilizar y valorar el trabajo de las escuelas rurales. Poder ver que están ahí y que tienen mucho para mostrar”, concluye Matías.