Preocupados por las dificultades de la vida diaria de las y los estudiantes con realidades complejas en lo económico y social, el equipo de preceptoría y dirección del IPET 98 inició un espacio de conversaciones y formación junto al área de Consulta Pedagógica de la Secretaría de Educación de UEPC para pensar y pensarse en su rol escolar. Se trató de una experiencia desarrollada de junio a noviembre de 2024, que les permitió reconocer los espacios de escucha, contención, expresión y participación estudiantil como parte de los esfuerzos colectivos por acompañar las trayectorias de escolarización y poner en valor la tarea pedagógica realizada por el equipo de preceptoras.
Para extender y potenciar el proceso de trabajo, sumaron a docentes integrantes de los Consejos de aula. Esta posibilidad de encuentro y puesta en común entre docentes, preceptoras y equipo de gestión directiva habilitó la construcción de una mirada colectiva a partir de la cual pudieron transformar prácticas individuales en estrategias de acción institucional que hacen hincapié en propiciar un lugar central y protagónico para sus estudiantes a la vez que buscan sostener y garantizar su derecho a estudiar.
El IPET 98 Luis de Tejeda está ubicado en una de las últimas manzanas al este de Río Tercero, alejado física y simbólicamente del centro de la ciudad, que la gran mayoría de sus estudiantes no conoce ni ha visitado.
María Alejandra Rosa asumió como directora en 2023 y, desde entonces, su preocupación principal se centró en el acompañamiento de las trayectorias escolares y en mejorar la convivencia de sus estudiantes. “En la escuela hay personas con mucho compromiso por su trabajo, pero no teníamos una mirada unificada, un posicionamiento común que pudiera ofrecerle a nuestros estudiantes una contención más sólida, institucional. Y no sabía por dónde empezar. Entonces, hice algo simple, a lo que muy pocos se animan: pedí ayuda, que en UEPC es tan fácil como hacer una llamada telefónica”, explica Alejandra.
Así, por intermedio de la delegación de la UEPC en el departamento Tercero Arriba, la directora se contactó con el área de Consulta Pedagógica. A partir de allí, se llevaron a cabo una serie de reuniones de trabajo para pensar y definir tanto la problemática como un abordaje propio acorde a las características particulares de la institución. “Había, por un lado, una preocupación por la construcción del vínculo con las y los estudiantes y entre estudiantes; y por el otro, el sostenimiento de las trayectorias escolares”, comenta Romina Clavero, coordinadora del área. “Entonces, acordamos trabajar con las preceptoras; nos pareció una cuestión fundamental porque son quienes más tiempo comparten con las y los estudiantes y también porque su mirada permite abordar diferentes aspectos y dimensiones de la vida tanto escolar como personal, familiar y vincular de las chicas y los chicos que asisten a la escuela”.
Cambiar la mirada, la propia mirada
En todas las intervenciones de Consulta Pedagógica, uno de los puntos claves es conocer y explicitar el punto de partida, el estado de situación, pero no desde un abordaje externo, sino desde las miradas y palabras de las y los docentes involucradas e involucrados. Para esta construcción, utilizaron una serie de siluetas dibujadas en papel afiche en representación de las y los estudiantes de la escuela. La propuesta consistió en escribir/describir lo que cada quien veía y conocía en relación a dos dimensiones: por fuera de las siluetas, todo lo vinculado con el entorno familiar y social, las cuestiones de contexto; y dentro, lo que responde a cuestiones personales. “Poder conocer y conversar sobre qué sienten las pibas y los pibes de esta escuela, qué piensan, qué les pasa por sus cabezas, sus corazones, sus cuerpos; evocar voces, comentarios, frases, escenas; cosas que las preceptoras ven en las aulas, como también fuera de ellas”, comenta Alejandro Rezzónico, Licenciado en Comunicación Social, especialista convocado por la UEPC para acompañar el proceso de trabajo junto a Romina.
El ejercicio funciona para romper el hielo a la vez que activa y pone en movimiento a las participantes (en el equipo de preceptoría son todas mujeres). Se trabajó de manera individual y cada quien fue plasmando lo propio: desde la catarsis por la carga de la tarea diaria (no hacen caso, falta motivación por el estudio, todo el día con el celular) hasta cuestiones más de fondo, relacionadas al reconocimiento y empatía con las realidades de sus estudiantes (la cuestión económica, hay estudiantes que tienen que trabajar, la escuela como lugar de escucha, la soledad en sus hogares y el hecho de que no quieren irse de la escuela). Todas las frases, desde diferentes perspectivas, conformando una misma escena, reconstruyendo, visibilizando la complejidad con la que se trabaja en la escuela. Y esta acción que permite explicitar el estado de situación se convierte en una construcción grupal, porque contempla todas las miradas al tiempo que otorga una mirada mucho más amplia y completa que funciona como punto de partida en común para pensar y proponer un abordaje colectivo, institucional.
Leticia Paolini, psicóloga, coordinadora de preceptoría, subraya la coincidencia en las miradas: “Pudimos darnos cuenta de que, al final, no estábamos pensando tan diferente. Todas tenían conciencia o conocimiento de que somos la escuela que recibe a quienes quedan afuera de las otras o son repitentes; y que tenemos una población que sufre la vulneración de derechos en muchos aspectos. Entonces, la idea desde acá es no profundizar esa situación. Si elegís estar acá, tenés que ser empática, tenés que recibirlos con cariño, tenés que mirarlos con amor. Tenés que discutir con esa mirada sesgada de que ‘no van a poder’, porque la escuela es un espacio de contención que ellos buscan también”.

La dimensión pedagógica
A las frases e ideas surgidas del trabajo sobre las siluetas en los afiches, Alejandro propuso agruparlas en cuatro núcleos: a) contexto; b) el lugar de la escuela; c) convivencia, mediaciones e intervenciones; y d) trayectorias. No es menor que el punto de partida pudiera incluir malestares o incomodidades de la tarea cotidiana como preceptoras. Romina destaca la necesidad de reconocer esa complejidad, de no minimizarla y poder trabajar desde allí. “La propuesta era poner en valor ese rol, pensar su lugar dentro de la escuela desde una dimensión pedagógica, esto es: cómo, en esa tarea cotidiana que tiene muchas exigencias administrativas, de conversaciones con las chicas y los chicos, del vínculo con sus familias, del intercambio de información y las charlas con docentes, logramos sostener, garantizar y profundizar el derecho a estudiar de cada estudiante”, resume Romina.
Entre las frases que quedaron resonando del trabajo realizado, aparece una en particular: “Hay estudiantes que después de hora se quedan en la escuela, eligen estar acá en lugar de estar en sus casas o en otro lado”. El recorrido de esta frase podría ser el corolario de la propuesta de trabajo: una situación repetida continuamente que impacta en la tarea cotidiana y que cada quien va resolviendo de manera individual; pero ¿qué significa?, ¿qué nos están diciendo respecto del rol que ocupa la escuela en la vida de estas chicas y estos chicos? Y en ese sentido, ¿de qué manera podemos potenciar ese lugar que le otorgan y, de algún modo, también demandan indirectamente?
A partir de estas reflexiones, Alejandro y Romina les propusieron a las preceptoras reconocer los espacios existentes en la escuela para la escucha, contención, expresión y participación de las y los estudiantes. Tanto los espacios que estén más institucionalizados y sean más sistemáticos como aquellos que sean más esporádicos, atados a demandas o situaciones particulares. Allí aparecieron los Consejos de aulas, Consejo Escolar de Convivencia, Centro de Estudiantes, la biblioteca y sus actividades, la radio, la dirección y preceptoría.
Luego, como parte de este proceso, confeccionaron un cuadro de doble entrada donde puntualizar: cómo funcionan, cuándo y dónde; responsables, personas involucradas y destinatarias; y una valoración sobre funcionamiento, logros, resultados, obstáculos y aspectos a modificar. “Para nosotras fue muy revelador –confiesa Teresa Pereyra, preceptora– porque pudimos ver y valorar todas las cosas que estábamos haciendo en la escuela. También darnos cuenta de que no estábamos trabajando de una manera ordenada y que, por eso, muchas veces los proyectos quedaban sin terminar”.
Hay estudiantes que después de hora se quedan en la escuela, eligen estar acá en lugar de estar en sus casas o en otro lado.
La posibilidad de sistematizar lo trabajado en estos espacios no solo tiene que ver con visibilizar y poner en valor las acciones, sino que también funcionó como un esquema, un mapa donde trazar recorridos posibles. Leticia Paolini reflexiona: “Nos ayudó a ver cuestiones más organizativas, decisiones que debíamos tomar o a dónde dirigir nuestras energías. Vimos que muchas veces son las mismas personas las que garantizan varios espacios a la vez y eso les quitaba fuerza o continuidad. Necesitábamos poder establecer un orden de prioridades dentro de la escuela como también pensar fortalezas y debilidades para definir acciones de manera conjunta”.

Repensar y poner en valor las acciones propias
Del cruce entre la identificación de los espacios de participación y la construcción de una mirada colectiva que les posibilitó el proceso de encuentro y trabajo grupal, surgió la necesidad de abrir la convocatoria a las y los docentes que integran los Consejos de aulas, el espacio donde se abordan temáticas e inquietudes planteadas por las y los estudiantes y del cual participan también las delegadas y los delegados de curso.
En este sentido, la posibilidad de mirar en conjunto las acciones que lleva a cabo la escuela, darse el tiempo y espacio para evaluar sus alcances y sistematizarlas permitió socializar y poner en valor, entre preceptoras y docentes, algunas iniciativas que eran subestimadas por desconocimiento o incluso por una lectura errada de sus repercusiones. El Consejo Escolar de Convivencia, por ejemplo, venía implementando lo que denominaron “acciones reparadoras”, como un mecanismo para evitar las clásicas sanciones disciplinarias cuyo impacto, en la vida escolar de sus estudiantes, era muy alto y que, a la larga, no modificaban las conductas. “Al principio, eran acciones difíciles de llevar a cabo –recuerda Teresa–, una vez acordamos que pintaran una pared que habían rayado, pero después no se podía conseguir la pintura ni había tiempo disponible, con lo cual quedaba todo medio en el aire. Luego, evaluamos que era mejor pensar en pequeñas acciones. Por ejemplo, a dos chicas que se habían peleado en la escuela les pusimos como tarea que ayudaran con los preparativos del PAICor. Entonces, tenían que trabajar juntas haciendo algo para el resto de sus compañeros”. Y mientras para una parte de las y los docentes este tipo de políticas no tenían gran repercusión, desde preceptoría habían notado que la conducta de las chicas involucradas cambió considerablemente, como también cierta mejora general en relación a la convivencia. Las expulsiones y amonestaciones tienen casi un rango de rebeldía, mientras que ayudar en cuestiones de la escuela es un aprendizaje.
Como resultado de lo trabajado en el taller, no solo pudieron ponerse en valor este tipo de acciones, sino que, además, concretaron la construcción de un protocolo con pasos a seguir y la designación de responsables para sus diferentes etapas.
“Pudimos resignificar el Consejo Escolar de Convivencia como algo positivo y favorable dentro de la proyección que queremos como escuela, pero, a la vez, darnos cuenta de que había cosas que nos faltaba pulir”, reflexiona Leticia. Y Alejandra, desde su mirada como directora, completa: “Nos pusimos de acuerdo y pudimos sistematizar algunos procesos para unificar protocolos de acción. Ante esta situación, hacemos tal cosa, tal persona interviene, tal otra llama a la casa, el estudiante va para este lado, la coordinadora se encarga de esto, la preceptora de esto otro y la dirección de tal cosa”.
Por estas cuestiones, para Alejandra, en su búsqueda por la construcción de una mirada colectiva desde donde construir acciones y estrategias institucionales, la propuesta de Consulta Pedagógica “permitió abrir un canal de comunicación, un espacio para la palabra y el debate que no existía en la escuela. El taller vino como a detener el movimiento, parar la pelota y empezar a mirarnos. Ver qué cosas valiosas sí estábamos haciendo y decidir: esto es valioso, esto funciona, lo hagamos todas”.
Hacerse a un lado
Al cierre del trayecto formativo, quedaron plasmados en un documento colectivo los siguientes desafíos hacia delante: la necesidad de “construir criterios comunes para la escucha, para favorecer la expresión y la promoción de la participación de las y los jóvenes, una especie de hoja de ruta sobre cómo queremos manejarnos en esos ámbitos”; “idear algún proyecto transversal a los dispositivos de participación”; y, finalmente, “pensar en estos espacios no solo como ámbitos de abordaje y resolución de conflictos, o expresión de malestares e incomodidades, sino también como ámbitos donde proponer instancias celebrativas, recreativas, espacios de participación desde el disfrute, de apropiación de la escuela como por parte de su vida de estudiantes”.
En relación a estos desafíos y a partir de la sistematización construida durante el proceso de trabajo, una de las decisiones institucionales fue la de incentivar las actividades del Centro de Estudiantes como espacio de participación. El Centro tenía apenas un año de conformado y apenas movilizaba a las y los estudiantes que habían integrado la lista elegida, con baja o nula representación de estudiantes de primer ciclo. Entonces, les propusieron pensar instancias de “asamblea ampliada” incorporando a las delegadas y los delegados de curso y animarse a planificar actividades pequeñas, pero conjuntas. Una de las primeras acciones fue la creación de “Radio pasillo”, donde cada curso propone su playlist de música para escuchar durante los recreos. “A eso lo coordinamos con los delegados y a cada curso le toca hacerse cargo un día y vamos rotando por turnos”, explica Benjamín, actual presidente del Centro de Estudiantes.
En paralelo, a mediados de 2024, mientras se desarrollaba el trabajo entre preceptoras, docentes y Consulta Pedagógica, por iniciativa combinada entre la dirección y el Centro de Estudiantes, desde el IPET 98 Luis de Tejeda realizaron el primer Encuentro de Jóvenes de Centros de Estudiantes. Participaron todas las escuelas de Río Tercero: las de gestión pública y privada, un CENMA y una escuela especial. La propuesta era compartir miradas, preocupaciones e intereses. “Para nuestros estudiantes fue muy importante”, explica Alejandra, y amplía: “Primero, porque siendo anfitriones, eso los ponía en un lugar de protagonismo que nunca tuvieron en ningún ámbito; y segundo, porque descubrieron que tenían muchas cosas en común con otras chicas y otros chicos de la ciudad”.
Estudiantes que toman la palabra
Los encuentros de centros de estudiantes continuaron durante 2024 hasta la actualidad y, si bien en un primer momento, la iniciativa estuvo apuntalada por docentes y preceptoras que acompañaron el proceso, paulatinamente las y los jóvenes han ido haciéndose cargo de la organización. Una de las cuestiones que más destaca Benjamín es el intercambio de ideas: “En los primeros encuentros charlábamos sobre el problema de la yerba, en muchas escuelas se tira en los baños y tapa las cañerías, pero un grupo contó que estaban haciendo compost para solucionar eso. Nosotros lo propusimos en la Tejeda y nos viene de diez, porque también usamos los desechos orgánicos del comedor”.
Los encuentros fueron rotando de escuelas sede y, según Alejandra, cada centro de estudiantes se esfuerza mucho para ser un buen anfitrión. Durante los encuentros, hay un espacio donde dialogan las personas adultas que acompañan y otro donde trabajan en plenario solo las y los jóvenes. “Eso cuesta bastante –reconoce Leticia–, lograr un modo de acompañamiento que no sea invasivo, que no pretenda imponer lo que creemos que es importante; incluso con las mejores intenciones, los adultos somos muy pesados en eso. Verlos trabajando, debatiendo y descubrir que tienen sus propios intereses comunes es un gran aprendizaje”.
Yamilet se incorporó este año al Centro de Estudiantes del IPET 98 y una de las cosas que más le llamó la atención fue el respeto por la palabra y la posibilidad de expresarse. “En la primera reunión, vi mucho respeto entre los alumnos. ¿Viste que a veces en el aula uno habla y todos están gritando o haciendo bromas? ¡Bueno, acá era todo distinto! Vos hablabas y te escuchaban, te prestaban atención. Y las ideas que salían de ahí eran muy buenas. De ahí sacamos también lo de los tachos verdes para tirar la yerba. Eso es lo bueno: todos pueden hablar y expresarse a su manera”.
A partir de estos encuentros de centros de estudiantes y siempre animados institucionalmente, empezaron a participar de la Mesa Provincial de Centros de Estudiantes y, con ello, vinieron algunos viajes donde tenían que encontrarse con jóvenes de otras localidades e ir en representación de su escuela y su ciudad. Para Alejandra, todas estas experiencias vividas les permiten a las chicas y los chicos de la escuela “asumir un protagonismo que en otro momento era impensado”.
educar en Córdoba | N° 43 | Octubre 2025 | Año XXIV | ISSN 2346-9439
Artículo: Construyendo Soluciones. La escuela: un lugar en el mundo



