Sembrando semillas de conciencia

Sembrando semillas de conciencia

Ubicada en el centro de barrio Ituzaingó, un barrio golpeado por la contaminación de agrotóxicos, la escuela “Ejército Argentino” viene trabajando en un proyecto de vivero escolar y concientización sobre el cuidado del medio ambiente, transversal a todas las materias y contenidos curriculares.

El colegio “Ejército Argentino” es una escuela como muchas otras de la ciudad de Córdoba. Tiene un patio central, pasillos embarullados, maestras, murales, escarapelas y trabajitos adornando las paredes. La escuela podría ser cualquiera de nuestra provincia; sin embargo, tiene una particularidad: esta escuela no está en un barrio cualquiera, la escuela “Ejército Argentino” está en el centro de barrio Ituzaingó.

El barrio está situado al sureste de la ciudad de Córdoba, por fuera de la Av. Circunvalación, entre la Ruta Nacional 9 y la Autopista Córdoba- Pilar. Limita al norte con una zona industrial, de la que se separa por la ruta a Capilla de los Remedios y colinda a su vez, con áreas rurales al norte, este y sur.

Barrio Ituzaingó aparentaba ser un barrio más de la ciudad de Córdoba, hasta que en el año 2001 algunos pobladores comenzaron a preguntarse qué tan normal era que muchos vecinos, familiares, conocidos, cayeran enfermos de cáncer y que cada vez más niños del barrio nacieran con malformaciones y anemia.

Los vecinos empezaron a organizarse y comenzaron su propia investigación, relevando casa por casa el mapa del cáncer. Era el germen de lo que posteriormente sería la organización “Madres de Barrio Ituzaingó”. Luego de dos años de reclamos y protestas, el Centro de Excelencia en Productos y Procesos de Córdoba (Ceprocor), realizó un análisis de la situación ambiental del barrio, que confirmó las sospechas de los vecinos. Los resultados fueron contundentes: el informe reveló que la contaminación del barrio no era producida por un contaminante, sino por muchos. En el sedimento de los tanques de agua encontraron 74 partes por millón (ppm) de plomo, 44 ppm de arsénico y 27 ppm de cromo. Estas cifras superan en 1480, 880 y 540 veces, respectivamente, los valores permitidos en el agua para consumo humano según la legislación vigente.

Durante años, los habitantes del barrio estuvieron expuestos a arsénico, plomo y cromo y a plaguicidas que se aplicaban en los campos vecinos.

Los resultados de los estudios impulsaron el inicio de acciones legales por parte de la agrupación “Madres de Barrio Ituzaingó” y del colectivo “Paren de Fumigar Córdoba”. En el año 2012 se logró llevar a juicio dos casos, a partir de las denuncias presentadas en 2004 y 2008; en ese proceso fueron condenados dos de los tres imputados por contaminación con agrotóxicos. Si bien las penas impuestas fueron menores a las exigidas por los vecinos de Ituzaingó, el juicio fue un gran triunfo, ya que logró sentar jurisprudencia sobre el manejo de agrotóxicos y tuvo una gran repercusión en el país y el mundo.

La escuela en el medio

¿Qué puede hacer la escuela en este contexto? ¿Cómo trabajar una realidad tan dura desde el aula? ¿Se puede hacer algo?

Marta Ramona Ríos Báez es la directora de la escuela. Meticulosa y formal, explica el proyecto institucional con detalle, la articulación con los contenidos curriculares y las distintas evaluaciones, observaciones y proyecciones de la propuesta. Marta cuenta que la iniciativa surge en 2011, a partir del programa “Árboles y niños. Juntos hacemos historia”, del Ministerio de Educación de la Provincia, que le permitió al colegio comenzar a trabajar en su vivero y articular transversalmente el proyecto con los contenidos curriculares de todos los grados y materias.

“Es un proyecto muy importante para nosotros, porque el trabajo desde la escuela permite una mayor valoración de la situación ambiental de toda la comunidad”, explica. Cuando Marta levanta los ojos de los informes y evaluaciones del proyecto y se transforma en guía de recorrido por la escuela, sus ojos se iluminan con otra intensidad. Ante la pregunta de si pueden visualizar cambios en la actitud de los chicos en el tiempo que llevan implementando el proyecto, Marta abre los brazos de cara al hall central de la escuela y contesta: “Hay muchos cambios; por ejemplo este lugar, que hace un tiempo después de cada recreo quedaba regado de papeles, envoltorios, botellas –y si bien todavía los chicos siguen tirando papeles-, se ha logrado reducir mucho la cantidad”.

Nos dirigimos al patio descubierto de la escuela, donde se encuentra el vivero. En el camino, cada árbol tiene su nombre y cada pared su mural. Marta cuenta que el trabajo no queda reducido al interior del establecimiento, que también han realizado jornadas de plantaciones de árboles en distintos espacios públicos del barrio, pero que el trabajo de concientización social sobre la necesidad de cuidar los arboles requiere de otros tiempos: “Muchas veces, los árboles son arrancados o lastimados, pero nosotros vamos a seguir plantando”, afirma.

Por su parte, Graciela Saggiorato, vicedirectora de la escuela desde hace poco tiempo, destaca: “Elegí venir a esta escuela por varias razones, pero la principal fue porque me impactó mucho el proyecto institucional. Los contenidos curriculares están muy articulados alrededor de este proyecto; la verdad es que cuando uno ingresa se sorprende del trabajo que se ha hecho, que cada arbolito tenga un cartel con el nombre y que los chicos hayan incorporado al vivero como un espacio escolar más. Claro que hay que seguir trabajando en el cotidiano, que los chicos tiren cada vez menos basura en los recreos y también que desperdiciemos cada vez menos papeles, ya que también en esos detalles se construye la cultura ecológica”.

Por las aulas

La clase de Vanessa Gerbaudo, profesora de EGB 1 y 2, se alborota con la visita inesperada. Cuando la profe le pide a los chicos que cuenten sus conocimientos y experiencias con el vivero o el cuidado del medio ambiente, las manos comienzan a levantarse como resortes, esperando impacientes ser los escogidos. La escena se repetirá en todos los cursos.

Vanessa sostiene que la problemática ambiental está muy presente en el barrio y el hecho de poder contar con un vivero propio en la escuela tiene para los chicos una significación muy grande: “Porque no es lo mismo comprar un arbolito en un vivero cualquiera, que plantar un árbol que fue cuidado por ellos desde que era un brote saliendo de la tierra. Ese proceso tiene para ellos un valor agregado muy importante”, comenta. La articulación de los contenidos con el programa también está muy presente. Vanessa, por ejemplo, comenzó a trabajar con un diario oral: todas las mañanas, diferentes grados comentaban el trabajo realizado en el vivero y socializaban los distintos aprendizajes que adquirían, para poder abordar la práctica de “escucha atenta”. “El trabajo consistió en retomar todos los días lo escuchado en el diario oral, recuperarlo y enriquecerlo en el aula, para luego escribirlo, ya que desde el área de Lengua venimos trabajando sobre la escritura, y ese ejercicio permitió visibilizar las dificultades que tenían los chicos en la escucha”.

Karina Ivana Correas es docente del 5to B. Su aula parece un laboratorio de Biología, donde conviven los germinadores, afiches y hojas de distintos árboles identificadas cada uno con sus respectivos nombres. Karina y su grupo de estudiantes, en el marco de la semana del árbol, diseñaron volantes de concientización que fueron repartidos a los chicos de los otros cursos. Sus alumnos se arremolinan para contarle todo “al periodista”: desde su trabajo en el vivero hasta la conveniencia de plantar árboles autóctonos por sobre los exóticos. En sus caras, en su apasionamiento, se expresa orgullo; saben que son parte de algo que vale la pena, están convencidos de lo que hacen y les resulta imposible ocultarlo. No caben dudas de que ese es uno de los mayores logros y potencia del proyecto: esa contagiosa alegría de toda la comunidad de la escuela, esa atmósfera particular que no puede describirse en informes o en el libro de temas.

En cada uno de esos chicos de la escuela “Ejército Argentino”, de barrio Ituzaingó, se trasluce la esperanza de que el futuro puede y debe ser mejor, y que con trabajo, constancia y pasión, siempre es posible transformar la contingencia en destino.

Hay una escuela en el este de la ciudad de Córdoba que, en el medio de un barrio castigado por la contaminación con agrotóxicos, planta árboles y siembra semillas de conciencia. Una escuela que se hace cargo del lugar que habita y actúa en consecuencia. Porque la escuela “Ejército Argentino”, de barrio Ituzaingó, está enseñando a vivir mejor mientras enseña.